El chilango ‘de respeto’, se compra un auto

(La primera #CronicadeTaxi formal)

¿Por qué no te compras un carro? Llevo al menos 15 años oyendo esa pregunta. A golpe de tuits me he ganado ahora algo de “respeto” en mi entorno y la famosa pregunta cae sólo esporádicamente, con gente que no me conoce o que de plano me agarra confianza y, en momento cuatachón, me suelta el “y por qué no te compras YA un coche?”

La pregunta siempre llega con un tono de conmiseración. Como en esta vida hay que aprender a leer entre líneas, pues la pregunta real es ¿en serio estás tan jodida que no puedes comprarte un auto?

A esa pregunta regularmente sigue el “cuánto gastas en taxis” o “y en dónde vives?”, así miden mis condiciones socioeconómicas, el rápido cálculo de mis ingresos y las pocas o muchas posibilidades de comprarme al menos un carrito de segunda mano.

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Y como una parte (mínima) de mi persona es estoica, pues sonrío y explico que no, que simplemente me da enorme flojera conducir un vehículo y sumar a mi neurosis el estrés del volanteo y la lámina microbusera.

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Conocía a varios como yo, que juraban amar el transporte público porque así “recorren las calles, conocen la ciudad, la caminan”, pero al primer ascenso corrieron por su crédito automotriz para sumarse a las filas de ilusos que atestan las vialidades y se frustran porque no hay suficientes espacios para estacionar o les rayan el carro o de plano se los roban.

Admitámoslo: a los chilangos no sólo nos gusta rodar, pero sobre todo nos gusta que nos vean rodar, ¡que se note que tenemos carrito!, y si le invertimos a un buen vehículo, ¡mucho mejor! Significa que hemos avanzado, que somos “alguien” y que podemos ligar “algo”. No importa si el vehículo es de segunda o tercera mano o si empeñamos la vida en el famoso crédito automotriz y el depa no tiene  muebles: tenemos auto, damos aventón, le damos buena propina al valet, tenemos a nuestro viene viene de confianza

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Quienes me conocen, con mi inconmensurable fresez propia de una clase (semi) media con más aspiraciones que recursos y con mi consecuente lejanía a tanto rito chilango, como visitar Acapulco en Semana Santa o comer en la Condesa cada viernes,no se explican por qué no adquiero una bonita burbuja rodante que me mantenga perfectamente alejada del populacho (sic) que abarrota el transporte público, pero no, mi terror a incrementar potencialmente mi neurosis crónica es mayor al deseo por encapsularme y rodar frenética mientras busco sobrevivir a la otra neurosis, la de mis vecinos conductores, todos peleando por ese espacio mínimo de asfalto que nos impulsa al ahogo demencial.

Una primera versión de esta columna se publicó en Máspormás/DF, diario chilango, el 7 de noviembre de 2014. Así fue como las #CronicasdeTaxi pasaron de Twitter al papel.

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