#Taxista de las pesadillas (o plegaria del buen pasajero)

¿Quién  no ha soñado estar en una persecución? Yo varias veces, un sueño tan vívido que constantemente me sucede: nomás que sueño eso despierta y mientras viajo en #taxi.

En cuanto noto que empieza, de plano no puedo resistir volver la vista hacia la parte trasera del auto para ver ¿quién carajo nos persigue?, al mismo tiempo, ruego por mi vida y trato de mantener el cuerpo en su lugar y la cara sin tensión.

Por supuesto, en esta pesadilla de la vida real, el chofer y el taximetro marcan un ritmo desaforado mientras yo intento agarrarme de lo que sea, o sea de la nada, porque no hay ni un triste cinturón de seguridad que ayude un poquito a salvar mi vida.

Cuando aceleramos o viramos peligrosamente, me aferro al asiento del auto mientras intento (no sé si con éxito), que #taxista no se percate de que vengo rogando por mi vida mientras el acelera hasta (literal) provocarme náuseas.

Ruega por nosotros señor del volante que taxista trae prisa (o rabia o aburrimiento o urgencia por ganarse unos pesos extra y “levantar” mucho pasaje)

Yo, que siempre tengo prisa, siempre voy con retraso y siempre quiero llegar rápido (y que manejen rápido en lugar de ir “coleccionando altos”), les tengo terror a estos taxistas estilo “voy derecho y no me quito”. Incluso alguna vez denuncié a un radiotaxista porque iba demasiado rápido (yo, con mi nada frágil cuerpecito, retumbaba de un extremo al otro del asiento trasero, en serio)

Ruega señor del volante, que aunque sea tarde, quiero llegar y seguro no aguanto tantos golpes como este carrito

¿Quién no ha padecido un #taxista así? De esos que no sólo volantean alucinando que están en un campeonato de Fórmula 1 (imagino), sino con la certeza que lo suyo es hacerle un favor al pasajero y no un servicio. La ruta la decido yo, el tipo de música, el volumen, y claro, la velocidad a la que vamos.

De hecho, varios me han dejado de patitas en la calle por pedirles reducir la velocidad (o el volumen a la música). Si el pasajero chista, pues que se amuele, porque este es “mi taxi aquí mando yo y si no le gusta, pues se puede bajar”, como alguna vez me soltó uno.

El es el cafre, el que volantea, el que corre y recorre la ciudad dejando las nalgas y la bilis frente al volante. Yo apenas soy el pretexto que le dice a donde ir, pero que no debe interferir con sus decisiones.

Y así, en plena calle, con le vergüenza y la rabia de no ser nada frente al SeñorDueñoDelVolante, me pregunto: ¿Cuáles son los sueños de #taxista? ¿Es un hombre agobiado por el tráfico o un rey chiquito? ¿O -en serio- alguien nos persigue?

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Una primera versión de este texto se publicó en Máspormás el 14 de diciembre de 2014.

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