La vida en un #taxi

 

Me gustaría tener la buena voluntad de contar las horas de mi vida que he pasado en un #taxi. Ha sido mi principal medio de transporte desde hace al menos 10 años, como reza el lugar común, me ha tocado todo tipo de #taxista, no recuerdo a ninguno especialmente sabio, pero sí a varios peculiares, como aquel que tenía un trabajo godín y antes y después de su jornada chofereaba mientras hablaba por teléfono con sus novias, o aquel otro, que era taxista porque se había cansado de manejar trailers.

En tantos años, sólo en una ocasión me ha tocado repetir #taxi. El chofer me sorprendió en cuanto subí: ¿“Vamos por su hija, verdad?”, y enseguida se disculpó y añadió “se me olvidó cómo irnos”. Lo bueno (o lo peor, según se vea) es que me inspiró confianza y le recordé dirección y ruta de preferencia.

Porque eso sí, mi consejo número dos para cualquier usuario de taxi es “conocer tu ruta”. Antes tenía la maña de decirle a #taxista “váyase por donde sea más rápido”, pero luego de que varios me regañaran mil veces (con toda razón) y gracias a San Google Maps mi vida cambió y ahora no sólo puedo indicar con precisión mi ruta, sino pedir cambios y, sobre todo, cerciorarme de que vamos por el camino correcto, y de que no estoy a punto de ser abducida por una “peligrosa banda de criminales”.

He tenido mucha suerte, porque la verdad es que evito a toda costa la típica estrategia de seguridad que veo entre amigos y conocidos: evitar el uso de #taxis libres. Como buena contreras, hago lo contrario, pues no tengo paciencia para estar esperando servicios de taxi de sitio o de app.

Lo mío lo mío es salir a la esquina, estirar mi bracito y abordar un taxi, pero no un taxi cualquiera. Con los años he desarrollado varios pasos para construir mi propia versión de #taxiseguro. 

Y ahí va la Guía Mínima para supervivencia en #taxi libre

El primer consejo: “Nunca abordes un taxi sucio”, mi hipótesis es que si alguien no tiene el auto limpio y no se dio un regaderazo antes de empezar a trabajar, significa que no respeta su trabajo… o anda con un taxi robado y pertenece a una “peligrosa banda de criminales” y me va a robar para hacerme pedacitos –no es broma, eso pienso, debí dedicarme a escribir telenovelas-.

Tampoco abordes taxis chocados, con los asientos rotos, ni aquellos donde el taxista se vea desaliñado, como decía mi abuela.

Obviamente, evita los taxis en donde el chofer trae acompañante (me ha pasado) o los que no tienen placa ni tarjetón –exígelo- o ¡peor aún! los que tienen el taxímetro “descompuesto” (a esos no los soporto y si me tocan, todo el viaje voy “derramando bilis”, otro dicho de mi abuela).

Si el taxi libra todas esas leyes de gravitación chilanga, significa que puede ser abordado. Y si ya estás adentro, sentadit@ y dispuesto a lanzarte a la ruta ideal, pero el taxista hace, dice o te ve de alguna manera que resulta sospechosista, casual suelta un “se me olvidó la cartera (o lo que sea)” y te bajas corriendito, que más vale que digan aquí corrió que…

Aunque ahora recuerdo que una vez apliqué esa (en verdad se me había olvidado el dinero, nada raro en mí) y taxista tan amable me dijo: si quiere la llevo, al fin que yo también voy para allá, ¡gulp!

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