Y así nos mudamos de #taxi

Esta columna nació gracias a mis viajes a Constituyentes. Cada día, durante cinco años, puse al menos cuatro horas diarias de mi vida en un traslado inevitable para miles de empleados –yo incluida- que godilaboranyvivenen la zona poniente de la CDMX. Un traslado feo y tedioso como pocos. #Constituyentes o el infierno chilango, sólo comparable con la terrible Pantitlán, avenidas por donde es imposible caminar, obviamente, ya que con dificultades se puede circular sobre ruedas motorizadas.

Para ahogar mis angustias -en caso de retraso-, o mis rabias y frustraciones –en caso de tráfico-, tuiteaba. Mi vida chilanga y la de tantos taxistas que padecí o de los que aprendí, se resumía en veloces tuits, me sentía menos sola compartiendo el horror de ver el taxímetro y el reloj avanzar sin piedad mientras lograba llegar a la oficina. De alguna forma, algunos de quienes me seguían las empezaron a llamar #CronicasdeTaxi (de hecho, creo que el primero fue @SalCamarena), y de alguna otra forma, llegaron a la querida @carolina_rocha_, quien pensó que esos 140 caracteres podían convertirse en algo más.

Así pues, Caro inventó estas columnas y me propuso escribirlas en este diario. Entre ese momento y hoy han pasado muchas horas, frente al teclado y rodando en #taxi. En todo ese tiempo, confirmé (¡por fin!) lo que me dijeron cuando era joven: los peores escenarios siempre son la puerta a mejores situaciones, aunque no lo parezca, aunque sintamos que vamos en un taxi pirata, chafa, mugroso y que nos destroza la vida. Al final, siempre las cosas se componen y el dichoso #taxi sólo era momentáneo.

Así que, amiguito, diga no al #Dramainútil : siempre hay forma de mudarse de taxi.

Mudarse y vivir lo que –en algún momento- a todos nos toca: perder la chamba (o no), embriagarse (o no), hacer la tesis (o no), reproducirse (o no) y amar (eso sí, siempre sí). Llegar a los 40, negarlo, ver las canas, aceptar los 40, y aprender que –al final-, nada es tan importante como parece.

Muchos antes y ahora me preguntan ¿por qué taxis? Un poco la respuesta es la misma que cuando me preguntan ¿por qué periodismo? Porque ambas actividades son testigo y reflejo de la vida de una ciudad y sus habitantes. Somos medio y vocería de asuntos que a todos nos incumben pero a pocos importan, y también de asuntos que a pocos importan pero a todos nos incumben (lo que me parece más grave y frecuente). Y tanto a taxistas como a periodistas, nos encanta opinar sobre cosas que sabemos y sobre otras que ni entendemos.

Estas #crónicas no buscan ser meras estampas urbanas, y mucho menos encumbrarme como opinadora experta en nada, apenas buscan ser como el mismo periodismo: un reflejo –pequeñito-, de la compleja realidad en la que vivimos, del precio de ser chilangos.

Gracias a Gustavo Guzmán que les dio espacio y vida durante este tiempo, bueno siempre mientras duró. Gracias a Marido y Celu, nomás porque si, por su amor y por resistir mis pasiones periodísticas, que les arrebatan tiempo siempre (oren conmigo para que Celu no siga mis pasos). Y como mandatan los despidos emotivos: sobretodo, gracias a todos quienes leen, comentan y comparten anécdotas y reflexiones; también a quienes han ignorado estas croniquetas, siempre es bueno para el ego.

El cúmulo de historias que me regalan cada semana, y se suman a mis propias vivencias y reflexiones, tiene ya un espacio propio: nos seguimos viendo, leyendo y compartiendo en @afuentese y ahora en este blog, porque la vida sigue, y siempre es para mejorar.

Esta columna se publicó original (y finalmente) en MásporMás el 26 de febrero de 2016.

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