Y así nos mudamos de #taxi

Esta columna nació gracias a mis viajes a Constituyentes. Cada día, durante cinco años, puse al menos cuatro horas diarias de mi vida en un traslado inevitable para miles de empleados –yo incluida- que godilaboranyvivenen la zona poniente de la CDMX. Un traslado feo y tedioso como pocos. #Constituyentes o el infierno chilango, sólo comparable con la terrible Pantitlán, avenidas por donde es imposible caminar, obviamente, ya que con dificultades se puede circular sobre ruedas motorizadas.

Para ahogar mis angustias -en caso de retraso-, o mis rabias y frustraciones –en caso de tráfico-, tuiteaba. Mi vida chilanga y la de tantos taxistas que padecí o de los que aprendí, se resumía en veloces tuits, me sentía menos sola compartiendo el horror de ver el taxímetro y el reloj avanzar sin piedad mientras lograba llegar a la oficina. De alguna forma, algunos de quienes me seguían las empezaron a llamar #CronicasdeTaxi (de hecho, creo que el primero fue @SalCamarena), y de alguna otra forma, llegaron a la querida @carolina_rocha_, quien pensó que esos 140 caracteres podían convertirse en algo más.

Así pues, Caro inventó estas columnas y me propuso escribirlas en este diario. Entre ese momento y hoy han pasado muchas horas, frente al teclado y rodando en #taxi. En todo ese tiempo, confirmé (¡por fin!) lo que me dijeron cuando era joven: los peores escenarios siempre son la puerta a mejores situaciones, aunque no lo parezca, aunque sintamos que vamos en un taxi pirata, chafa, mugroso y que nos destroza la vida. Al final, siempre las cosas se componen y el dichoso #taxi sólo era momentáneo.

Así que, amiguito, diga no al #Dramainútil : siempre hay forma de mudarse de taxi.

Mudarse y vivir lo que –en algún momento- a todos nos toca: perder la chamba (o no), embriagarse (o no), hacer la tesis (o no), reproducirse (o no) y amar (eso sí, siempre sí). Llegar a los 40, negarlo, ver las canas, aceptar los 40, y aprender que –al final-, nada es tan importante como parece.

Muchos antes y ahora me preguntan ¿por qué taxis? Un poco la respuesta es la misma que cuando me preguntan ¿por qué periodismo? Porque ambas actividades son testigo y reflejo de la vida de una ciudad y sus habitantes. Somos medio y vocería de asuntos que a todos nos incumben pero a pocos importan, y también de asuntos que a pocos importan pero a todos nos incumben (lo que me parece más grave y frecuente). Y tanto a taxistas como a periodistas, nos encanta opinar sobre cosas que sabemos y sobre otras que ni entendemos.

Estas #crónicas no buscan ser meras estampas urbanas, y mucho menos encumbrarme como opinadora experta en nada, apenas buscan ser como el mismo periodismo: un reflejo –pequeñito-, de la compleja realidad en la que vivimos, del precio de ser chilangos.

Gracias a Gustavo Guzmán que les dio espacio y vida durante este tiempo, bueno siempre mientras duró. Gracias a Marido y Celu, nomás porque si, por su amor y por resistir mis pasiones periodísticas, que les arrebatan tiempo siempre (oren conmigo para que Celu no siga mis pasos). Y como mandatan los despidos emotivos: sobretodo, gracias a todos quienes leen, comentan y comparten anécdotas y reflexiones; también a quienes han ignorado estas croniquetas, siempre es bueno para el ego.

El cúmulo de historias que me regalan cada semana, y se suman a mis propias vivencias y reflexiones, tiene ya un espacio propio: nos seguimos viendo, leyendo y compartiendo en @afuentese y ahora en este blog, porque la vida sigue, y siempre es para mejorar.

Esta columna se publicó original (y finalmente) en MásporMás el 26 de febrero de 2016.

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Mi verano aprendiendo a ‘usar’ la ciudad

La ciudad -o mejor dicho, la parte que conozco de la ciudad, la conocí caminando. A los seis o siete, caminaba horas y horas los sábados con mi mamá, recorriendo el centro de la ciudad, desde que abrían las tiendas hasta que era necesario irse corriendo porque era “muy peligroso” quedarse de noche.

Aún recuerdo las calles solas, llenas de basura e indigentes, mientras mi mamá me apuraba cargada de cajas, caminando rápido con sus taconcitos, para alcanzar la entrada al metro (yo imaginaba que ese era el truco para que la noche no se adueñara de nosotras y nos impidiera regresar a casa).

Cuando cumplí 12 y entré a secundaria, estaba lista para ‘desaparecer’ de la vida laboral de mi mamá y entrar a la vida independiente. Ya no sería necesario que ella saliera disparada del trabajo para recogerme en el cole, ya estaba grande, y podía andar sola por la ciudad.

Primero fue el cambio de escuela: se terminó la escuela fresita y pasé al mundo de la escuela pública que era “la mejor” académicamente –según mi madre- y no tendría que estar “haciendo sacrificios” para cubrir la colegiatura. El plan perfecto era inevitable, su desgaste por andar corriendo, cruzando la ciudad, para recogerme y llevarme a casa de mi abuela en las tardes seguramente la tenía frita.

Tenía la edad y la sensatez suficiente (y si no, ¿qué importaba?), para aprender a trasladarme sola y en transporte público. Horror, terror y escándalo de mi parte, que no sirvieron de nada porque mi progenitora estaba decidida a que aprendiera a moverme en la ciudad y enfrentar la vida.

Hoy, no puedo terminar de agradecerle el mejor verano que pude tener.

Un día después de haber terminado la primaria, mi mamá empezó a guiarme por el intrincado mundo del transporte público chilango. Primero me enseñó cómo irme de casa a la escuela, con varias rutas alternas que incluían camión, micro, metro y largas caminatas por la entonces hermosa y arbolada Avenida Azcapotzalco. De los taxis ni me enteraba, me daban más miedo que un microbús destartalado.

Después aprendí a llegar a casa de mi abuela, desde cualquier lado donde estuviera, si me sentía mal o perdida, si tenía cualquier inconveniente o emergencia, debía correr a casa de mi abuela.

Una vez claras esas rutas, nos lanzamos al Centro Histórico. Aunque había ido toda mi vida, no tenía idea cómo llegábamos a cada tienda, papelería o museo.

Al final, cuando ya dominaba la diferencia entre el Sanborns de los Azulejos y el Café Tacuba o la plaza de Santo Domingo y las librerías de viejo de Donceles, mi mamá me hizo un regalo que aún me emociona: me llevó a las bibliotecas del rumbo. De todas, siempre preferí la del Congreso, donde al menos una vez a la semana, iba a estudiar o a hacerme wey hojeando libros.

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Exactamente así es como recuerdo la biblio

Pronto aprendí a vivir así, con estrategias de autocuidado y llantos ahogados por el acoso sexual y los eventuales nalgueos, caminando y estando donde quisiera. Esa libertad, que me dio mi madre obligada por su realidad de mujer-trabajadora-divorciada-, me dio incluso la tranquilidad para irme de vez en cuando de pinta.

Andar sola no fue opcional, pero tomármelo con optimismo y aprovechar para meterme a nuevos rincones o guiar a mis amigas convirtió mi situación en ventaja.

No había celulares ni apps para que mi madre rastreara mi ubicación, aunque podía llamarle al trabajo si algo URGENTE pasaba, si no, sabía que un sandwich me esperaba para cenar luego de salir de la escuela, a las 8 de la noche.

Mi madre tenía razón: aprendí a enfrentar mejor la vida. Cuando cuento esta historia, mucha gente me dice que eso era AAAANTES, cuando la ciudad “era más segura”. Quizá hace 30 años la ciudad era más segura, o al menos, los peligros eran otros, pero hoy muchos padres siguen dando a sus hijos esa “autonomía forzada”, porque no les queda de otra que tragarse la angustia y dejar que sus adolescentes se las arreglen solos, y aprendan a enfrentar mejor la vida, porque los papás tienen que trabajar.

 

Una primera versión de este texto se publicó en Máspormás el 19 de febrero de 2016.

Sopa de tragedia con caldo de impunidad

 

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Pixabay

Yo que me quiero divertir y la vida que no me deja. Y ya estoy medio cansadita de sentir que vivo comiendo sopa de tragedia y medio hago pausas para dormir.

Encima de todo, #taxista me bajó de su unidá, porque no le gustan pasajeros malhumorados. Así mero. Reconozco que no iba cantando ni repartiendo flores –iba comiendo sopa de tragedia en Facebook-, así que secamente le indiqué la ruta y seguí en la pantalla.

#taxista me preguntó si estaba de mal humor. No quería discutir, así que respondí simplemente: sí. Entonces vino el #drama: “bájese porque no quiero gente enojada en mi taxi”, ¡ah vaya! Pues sí, más impunidad: nadie ni nada le obliga a llevarme, así que me bajé. ¿Para qué le decía que él ofrecía un servicio y si yo no lo ofendía, mi estado anímico le era ajeno?

“¿No quieren que escribamos tragedias?, Dejen de provocar tragedias.
¿No quieren leer hechos violentos?, Entonces dejen de crear las condiciones para que existan hechos violentos.
La prensa solo somos un espejo de la vida real, nosotros no inventamos nada, solo anotamos”

Así describieron periodistas de Veracruz la impunidad que vivimos, y que “permitió” que el cuerpo de la periodista Anabel Flores Salazar “apareciera” (sic) al día siguiente de haber sido secuestrada ¡en su casa! Se supone que las autoridades son responsables garantizar la seguridad de los ciudadanos, al menos en su casa ¿No se supone que habían activado un superultraduper protocolo para buscarla? Así, con todo el cinismo de la impunidad, “apareció” su cadáver.

Ya siento que cada muerte triste, humillante y dolorosa se convierte en un registro más. Las tragedias más increíbles e indignantes son como “ruido blanco”: parecen vibrar en la misma frecuencia y no podemos distinguir lo relevante y sus consecuencias. ¿Qué mensaje dejan esos crímenes? El del miedo. El miedo se cultiva en la impunidad. Y en la impunidad, el que tiene el poder (grandote o chiquito) puede hacer lo que quiera. Porque la impunidad baja hasta las calles donde impera la ley de “puedo hacer lo que sea” y podemos amenazarnos, bajarnos del auto, asesinar.

¿Por qué importa que maten periodistas? Porque los periodistas garantizamos el derecho humano a estar informados. La información pública obliga a los gobiernos a ser más transparentes y responsables, o sea, por increíble que suene: si reportando todos los días de lo que ocurre en Veracruz, ahí sigue el gober, ¿se imaginan si no si no se publicara nada?

¿Qué importa qué hacían los muertos o si eran “malosos”? Eso no justifica ser asesinado, no justifica (aunque las autoridades así lo presenten) que así se llevan los “malos”.

Cuando se quejen de la prensa vendida, piensen que “la prensa” es un ecosistema encabezado por empresarios, que deciden (o no) ofrecer condiciones y salarios adecuados para hacer contenidos de calidad, o que consideran “parte del trabajo” vender un titular al mejor postor.

Y recuerden que también hay muchos periodistas que se juegan la vida por revelar asuntos que de otra manera pasarían de largo. Si informando, estamos ahogándonos en la impunidad, ¿cómo estaríamos si dejáramos la alfombra tapando el hueco?

Esta #Crónica se publicó originalmente en Máspormás el 12 de febrero de 2015

#3DE3, VOY A DEJAR DE QUEJARME

 


Iba a escribir mis quejas de la semana, que no son pocas: que la falta de mujeres en el pódium de “bautizo” de la CDMX, que los micros y buses que siguen haciendo lo que se les da la refregada-gana –paradas a media calle, ¿juay not?-, que los taxis salvajes, que la basura en la calle, que los robos de la “clase política”. O sea, lo normal del #estamoshastalamadre.

Las quejas en “redes sociales” (ese extraño ente de superpoderes cosmogónicos) y los memes se replican sin parar, y es cuando caigo en el “todos son unos corruptos, todo está perdido, mudémonos de planeta”… ese hartazgo no sé si crece o sólo se magnifica con los tuits. Crecí en los 80, entre sobresaltos devaluatorios y quejas de una familia “resignada al PRI” que jamás se imaginó la alternancia. No quiero que Celu crezca así porque, la verdad, las cosas sí han cambiado y pueden cambiar más.

Incluso quizá gracias a los memes, que contribuyen a interesar e informar de lo que ocurre, quizá ahí se empieza a formar ciudadanía. Y claro, sumen a iniciativas como 3de3, que nació en 2015, cuando el IMCO y Transparencia Mexicana hicieron la #cordialinvitación a candidatos para que presentaran su triple declaración: patrimonial, de intereses y fiscal.

A la fecha, sólo 340 funcionarios han publicado su #3de3, NINGUNO del gabinete federal, nueve gobernadores, 41 diputados locales, ¡16 de 128 senadores! Y están mejor los diputados: 72 de 500. O sea, les valen las invitaciones, o sea, hay que obligarlos, porque las democracias no son precisamente espacios para la #justiciadivina.

(Por cierto, entre los que NO han presentado su #3de3 está el jefe de Gobierno, al que pueden mandar un tuit desde la página tresdetres.mx: .@ManceraMiguelMX los ciudadanos queremos que seas un #FuncionarioTransparente y publiques tus #3de3)

Esta semana, el proyecto creció y nos convocó a hacer algo más que convertir Facebook en el muro de los lamentos. La iniciativa Ley 3de3 busca que ustedes y yo hagamos algo concretito para reducir los niveles de corrupción: firmar una petición para presentar una Iniciativa Ciudadana de Ley General de Responsabilidades Administrativas, que si se aprueba, obligará a los servidores públicos a presentar sus tres declaraciones: cuánto tienen (¿cuántas Casas Blancas falta marcar en Google Maps?), quiénes son sus compadres y prestanombres, y si además de gastarse los impuestos, también los pagan.

Ahora sí, tenemos la oportunidad: #paredequejarse y convenza a amigos, maridos, esposas y vecinos de firmar. El formulario – que está en www.ley3de3.mx – es super sencillo y sí, hay que dar algunos datos personales: nombre completo, clave de elector, firma y –opcionalmente- cuenta de Twitter, pero todo perfectamente apegado a la ley, pues el proceso debe hacerse “a la antigua”: en papel y con letra de molde porque con un like no se logra validar iniciativas de ley.

Se necesitan 120 mil firmas, así que YA estoy juntando al menos 10 para llevarlas a algún punto de entrega y sumarme al hacer y no sólo quejarme. Celu irá conmigo, para que vea que podemos transformar este país. Porque, digo yo, si tanta gente dice que es decente, que no roba y que le indigna la corrupción, seguro somos más “los buenos” que aceptaremos firmar para demostrar que –en serio- estamos hartos de la corrupción.

Esta #CrónicadeTaxi se publicó originalmente en Máspormás el 5 de febrero de 2015.

La vida en un #taxi

 

Me gustaría tener la buena voluntad de contar las horas de mi vida que he pasado en un #taxi. Ha sido mi principal medio de transporte desde hace al menos 10 años, como reza el lugar común, me ha tocado todo tipo de #taxista, no recuerdo a ninguno especialmente sabio, pero sí a varios peculiares, como aquel que tenía un trabajo godín y antes y después de su jornada chofereaba mientras hablaba por teléfono con sus novias, o aquel otro, que era taxista porque se había cansado de manejar trailers.

En tantos años, sólo en una ocasión me ha tocado repetir #taxi. El chofer me sorprendió en cuanto subí: ¿“Vamos por su hija, verdad?”, y enseguida se disculpó y añadió “se me olvidó cómo irnos”. Lo bueno (o lo peor, según se vea) es que me inspiró confianza y le recordé dirección y ruta de preferencia.

Porque eso sí, mi consejo número dos para cualquier usuario de taxi es “conocer tu ruta”. Antes tenía la maña de decirle a #taxista “váyase por donde sea más rápido”, pero luego de que varios me regañaran mil veces (con toda razón) y gracias a San Google Maps mi vida cambió y ahora no sólo puedo indicar con precisión mi ruta, sino pedir cambios y, sobre todo, cerciorarme de que vamos por el camino correcto, y de que no estoy a punto de ser abducida por una “peligrosa banda de criminales”.

He tenido mucha suerte, porque la verdad es que evito a toda costa la típica estrategia de seguridad que veo entre amigos y conocidos: evitar el uso de #taxis libres. Como buena contreras, hago lo contrario, pues no tengo paciencia para estar esperando servicios de taxi de sitio o de app.

Lo mío lo mío es salir a la esquina, estirar mi bracito y abordar un taxi, pero no un taxi cualquiera. Con los años he desarrollado varios pasos para construir mi propia versión de #taxiseguro. 

Y ahí va la Guía Mínima para supervivencia en #taxi libre

El primer consejo: “Nunca abordes un taxi sucio”, mi hipótesis es que si alguien no tiene el auto limpio y no se dio un regaderazo antes de empezar a trabajar, significa que no respeta su trabajo… o anda con un taxi robado y pertenece a una “peligrosa banda de criminales” y me va a robar para hacerme pedacitos –no es broma, eso pienso, debí dedicarme a escribir telenovelas-.

Tampoco abordes taxis chocados, con los asientos rotos, ni aquellos donde el taxista se vea desaliñado, como decía mi abuela.

Obviamente, evita los taxis en donde el chofer trae acompañante (me ha pasado) o los que no tienen placa ni tarjetón –exígelo- o ¡peor aún! los que tienen el taxímetro “descompuesto” (a esos no los soporto y si me tocan, todo el viaje voy “derramando bilis”, otro dicho de mi abuela).

Si el taxi libra todas esas leyes de gravitación chilanga, significa que puede ser abordado. Y si ya estás adentro, sentadit@ y dispuesto a lanzarte a la ruta ideal, pero el taxista hace, dice o te ve de alguna manera que resulta sospechosista, casual suelta un “se me olvidó la cartera (o lo que sea)” y te bajas corriendito, que más vale que digan aquí corrió que…

Aunque ahora recuerdo que una vez apliqué esa (en verdad se me había olvidado el dinero, nada raro en mí) y taxista tan amable me dijo: si quiere la llevo, al fin que yo también voy para allá, ¡gulp!

Un #taxista conquista a Celu

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Celu soltó un suspiro digno de la mejor telenovela y preguntó “¿crees que volvamos a verlo?, parece mi novio”. Ella, toda inocente, cándida y minúscula -un metro de estatura-, tuvo un crush y no precisamente en forma de refresco de naranja (chiste viejo y malo, ya sé)

Con el comentario de mi criatura, naturalmente, mi corazón se detuvo una fracción de segundo –aún sabiendo que totalmente inocente-, para luego soltar la carcajada ¿¡novio!?

¡Pues vaya¡ Taxista “con cara de niño”, según descripción de la infanta, la había conquistado en sólo 16 pesos de trayecto, ¿cómo alcanzó tal proeza? Van las claves básicas de la conquista, producto neto de la sabiduría #taxi:

1 . Limpieza y amabilidad. Este si es un básico de básicos. Auto y chofer limpios atraen a cualquiera y son esperanza de que al menos #taxista respeta su oficio. Uno de mis consejos básicos de seguridad en taxi siempre es: no se suba a un auto cuyo chofer parece ajeno al baño, si no respeta su espacio de trabajo ¿cómo esperar respeto al pasajero? Y si a eso añadimos atención y respeto a la pasajera en cuestión, pues, ¡conquista asegurada!

2. ¡Música maestro! ¿Cuál quiere? Esencial. Al abordar la unidad sonaba una de las rolas favoritas de Celu y ella lo comento (es fanSe del punchis punchis, no crean que #taxista escuchaba a Cri Cri ni nada por el estilo). La respuesta fue sensacional: “Ah, pues que bueno que te gusta, ¡vamos a subir el volumen!” Mientras *la madre sufre*, la hija dale que te dale a semibrincolear en el asiento. Terminada la matraca (como diría mi abuela), siguieron un par de rolas dignas del mejor reven hipster y Celu bailequetebaile. Era justo y necesario dar gusto a la pasajerilla, así que para rematar, el atento chofer la sorprendió con el soundtrack de (fanfarrias) ¡¡¡Frozen!!!, Y por supuestísimamente, la chamaca estaba fascinada. Ahí no quedó el encantamiento, usando sus milenarias destrezas de conquista (no heredadas por su madre, aclaro), la coqueta morra se arrancó atendiendo una petición que no me sorprendió sino hasta que vi la respuesta: “canta”, pidió taxista…

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Y arráncate con “libre soooy libre soyyyy”. Digo, quizá no sea sorprendente que le pidan a una chamaca que cante, a menos que sea tímida. Celu no lo es, pero tampoco tiene vena de payasito de circo y cuando su madre le pide cantar se niega en redondo, así que mientras yo padecía el dueto taxista-hija (sí, ¡ambos cantaban!), trataba de digerir tanto entusiasmo y “ojitos” dedicados a #taxista. Hasta que me harté del karaoke rodante y por fortuna, vi que ya estábamos cerca de nuestro destino, así que decidí de ejercer mi poder materno y poner fin al viaje con tan galante chofer y terminar de llegar a casa caminando algunas cuadras.

Han pasado varios meses de eso, y Celu lo recordó anoche, cuando platicaba con su papá: “a mi me han tocado varios taxistas amables, como aquél con el que canté Frozen, ¿te acuerdas mamá?”.

Y para que no empiecen a desgarrarse las vestiduras aclaro algunas cosas respecto a ciertos comportamientos infantiles: 1) las niñas pueden empezar a flirtear desde…¡que nacen!, según algunos estudios y eso mismo pasó con mi hija, que francamente desde que puede sostener la cabeza por ella misma, echa “ojitos” y sonrisitas a ciertos tipos de ejemplar masculino. 2) los chamacos son totalmente inconscientes de la “malicia” que nosotros, los adultos y nuestros prejuicios, ponemos a esos actos propios de su naturaleza humana.

Así que mi hija puede tranquila seguir recordando a un taxista amable, simpático y que compartió con ella un momento alegre, cualidades que espero siga buscando en su futuro: el hombre que te hace reír te dará felicidad, digo yo.

Una primera versión de este texto se publicó en Máspormás el 19 de diciembre de 2014

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#Taxista de las pesadillas (o plegaria del buen pasajero)

¿Quién  no ha soñado estar en una persecución? Yo varias veces, un sueño tan vívido que constantemente me sucede: nomás que sueño eso despierta y mientras viajo en #taxi.

En cuanto noto que empieza, de plano no puedo resistir volver la vista hacia la parte trasera del auto para ver ¿quién carajo nos persigue?, al mismo tiempo, ruego por mi vida y trato de mantener el cuerpo en su lugar y la cara sin tensión.

Por supuesto, en esta pesadilla de la vida real, el chofer y el taximetro marcan un ritmo desaforado mientras yo intento agarrarme de lo que sea, o sea de la nada, porque no hay ni un triste cinturón de seguridad que ayude un poquito a salvar mi vida.

Cuando aceleramos o viramos peligrosamente, me aferro al asiento del auto mientras intento (no sé si con éxito), que #taxista no se percate de que vengo rogando por mi vida mientras el acelera hasta (literal) provocarme náuseas.

Ruega por nosotros señor del volante que taxista trae prisa (o rabia o aburrimiento o urgencia por ganarse unos pesos extra y “levantar” mucho pasaje)

Yo, que siempre tengo prisa, siempre voy con retraso y siempre quiero llegar rápido (y que manejen rápido en lugar de ir “coleccionando altos”), les tengo terror a estos taxistas estilo “voy derecho y no me quito”. Incluso alguna vez denuncié a un radiotaxista porque iba demasiado rápido (yo, con mi nada frágil cuerpecito, retumbaba de un extremo al otro del asiento trasero, en serio)

Ruega señor del volante, que aunque sea tarde, quiero llegar y seguro no aguanto tantos golpes como este carrito

¿Quién no ha padecido un #taxista así? De esos que no sólo volantean alucinando que están en un campeonato de Fórmula 1 (imagino), sino con la certeza que lo suyo es hacerle un favor al pasajero y no un servicio. La ruta la decido yo, el tipo de música, el volumen, y claro, la velocidad a la que vamos.

De hecho, varios me han dejado de patitas en la calle por pedirles reducir la velocidad (o el volumen a la música). Si el pasajero chista, pues que se amuele, porque este es “mi taxi aquí mando yo y si no le gusta, pues se puede bajar”, como alguna vez me soltó uno.

El es el cafre, el que volantea, el que corre y recorre la ciudad dejando las nalgas y la bilis frente al volante. Yo apenas soy el pretexto que le dice a donde ir, pero que no debe interferir con sus decisiones.

Y así, en plena calle, con le vergüenza y la rabia de no ser nada frente al SeñorDueñoDelVolante, me pregunto: ¿Cuáles son los sueños de #taxista? ¿Es un hombre agobiado por el tráfico o un rey chiquito? ¿O -en serio- alguien nos persigue?

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Una primera versión de este texto se publicó en Máspormás el 14 de diciembre de 2014.

Una vida para imaginar

Nunca me he subido a un taxi “de mujeres para mujeres”, y no por falta de ganas.

Una vez encontré un sitio de esos taxis rosa-pasión cerca del metro Chilpancingo. Como sucede en esta ciudad con los sitios improvisadas en cada esquina, las unidades -instaladas en lugar prohibido-, estorbaban el paso peatonal, así no había manera de obtener mi simpatía.taxis_pink_396

Aún así, quise probar tan rososo y femenino servicio (que alguien nos salve del rosa, ¡por dios!), pero no había ni una mujer al volante. Las unidades que esperaban pasaje eran comandadas por machines, ¿las taxistas estarían en casa preparando la merienda? (digo, ya que estamos en onda cliché de lo femenino).

Así perdí (¿o perdieron?) mi oportunidad de subirme a un taxi rosa-rosa: por falta de congéneres.

En taxis ordinarios (de esos color vino/dorado que sólo a mi parecen gustarme), si me han tocado mujeres. Contrario a lo que el prejuicio indica, no son especialmente diferentes al choferear. Ninguna fue más amable, limpia, respetuosa de la ley o con alguna conducta que denotara que yo estaba más segura o cómoda por ser trasladada por una mujer.

Sólo recuerdo a una, que era tan singular que daba igual si era hombre o mujer: Araceli, taxista de 60 años.

Con gafas modernas, de pasta -si, onda hipster-, estaba vestida con jeans y chamarra tipo militar. Pelo cortísimo, lacio, cano, podría decirse que sin chiste, pero la verdad es que su estilo es totalmente adecuado para su personalidad, que adiviné sólo por lo que reflejaban sus movimientos, su ropa, sus gestos.

Comía cacahuates de cáscara, mordisqueándolos con tanta habilidad que me recordó a las ardillas.

En el auto había dos objetos de uso-básico-chilango: rollo de papel higiénico y frasco de chilito Tajín, nada más.

En el espejo del asiento trasero, junto al tarjetón que la identificaba, una estampa: Cristo olvidado, la leyenda junto a un Cristo oscuro, iluminado sólo por la corona espinada.

Araceli manejaba recargada sobre el volante y sin dejar de comer; durante las pausas obligadas entre bocados, cruzaba los brazos, también sobre el volante.

Era una tarde perfecta, porque llovía. Esas tardes siempre se antojan para especular sobre vidas ajenas, así que decidí que su vida fuera del volante era una vida sola.

Recordé esos personajes que los fines de semana se dedican a lavar su ropa y apenas saludan a los vecinos cuando salen a comprar comida para uno.

Sola pero no infeliz, quizá es predecesora del #foreveralone porque no parece triste, al contrario.

Habla lánguida, pero con precisión, y responde las preguntas que Celu no le hace sobre el partido de futbol que oímos a todo volumen y que no me importa en lo absoluto. Celu me pregunta y ella responde, pero no se hablan. Tampoco parece molestarles esa especie de diálogo paralelo que tienen. La niña pregunta o comenta, la mujer responde sin esperar contrarespuesta, y sigue comiendo.

Yo no tengo respuestas para mi hija, pero Araceli sí, todas, sin condescendencia, dice lo que Celu quiere saber y yo ignoro. Responde, come y maneja sin pretender caerle bien a la niña, pero si respetando su curiosidad y compartiendo un gusto.

Yo ignoro las respuestas para mi hija, pero también la ignoro a ella, no me interesan sus curiosidades porque mis curiosidades me absorben: no quiero perder un detalle o algún mínimo movimiento de Araceli, quiero ver, oler y suponer todo, conocerla y adivinarla todo lo que pueda, para poder escribir más.

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Una primera versión de este texto se publicó en Máspormás el 5 de diciembre de 2014

Todo en la vida tiene un precio, ¿amabilidad incluida?  

“¡Que tengan un excelentísimo día!”.

Luego de la rigurosa expropiación de un pesito extra (¿alguien puede explicarme si por ley o por regla de la vida y de forma prácticamente ineludible, #taxista se cobra al menos un peso extra de la tarifa marcada en el taxímetro?), el taxista nos despidió con alegría y entusiasmo digno de un familiar cercano y amoroso. Tanto fue el apapacho, que Celu, intrigada, me preguntó “¿por qué nos dice eso?”.

Hace falta ser más amables en esta ciudad, traté de explicarle a mi hija. Seguro en el planeta y en el sistema solar también, pero nosotras vivimos aquí y aquí es donde urgen buenas dosis de consideración por el otro.

Considerar al otro ayudaría a que todos viviéramos mejor.

Considerar al peatón, por ejemplo, y no lanzarle el auto sólo porque “tengo prisa”. ¡Qué novedad!, en esta ciudad todos-tenemos-prisa.

Nunca deja de sorprenderme la falta de cortesía entre usuarios de transporte público y vialidades (es decir, entre TODOS los que vivimos y nos transportamos por cualquier medio en esta ciudad).

En el Metro, por ejemplo, debo tener la peor suerte del mundo, pues aunque lo uso poco, siempre acabo sintiendo que es cuestión de “sobrevivir y acomodarse” a como de lugar, a punta de culazos o codazos o nalgueando, empujando, aventando la bolsa, insultando por la gordura o la naquez de aquel que ose ganarnos el asiento o abordar primero.

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Caminar no resulta más cómodo. Cuando nació Celu, padecí el suplicio que esta ciudad es para las personas con discapacidad, ya sabemos (o asumimos) que rampas y accesos adecuados son un sueño imposible, pero además, los conductores no se inmutan y prácticamente “echan” el carro encima de quien sea, incluso con luz roja. Juro que todos los santos días pensaba en que esta era una forma de discriminación vial que debía atender con urgencia Ricardo Bucio, presidente de Consejo Nacional para prevenir la Discriminación (Conapred).

Cuando empujaba la carriola de mi hija o cuando ahora la tomo de la mano para cruzar la calle, sigo preguntándome si esta gente nació de probeta, si nunca ha sabido lo que es ser transeúnte con un niño pequeño o con una persona con dificultades para desplazarse. Y encima, protegidos por sus láminas, algunos aceleran hasta poner los pelos de punta al atolondrado peatón, el “jodido”, como a veces nos gritan, porque en esta ciudad, caminar es para hipsters… o para jodidos.

Eso es transportarse fuera de la burbuja del auto particular: puede ser complicado, riesgoso para la salud y hasta más caro que lo previsto, pero cuando me topo con un taxista tan extraordinariamente amable, se impone el buen momento y, para no amargarme por el abuso del robo hormiga, me consuelo pensando que nada en la vida es gratis y quizá ese buen humor se debe a que pudo ganar unos pesitos extra para sobrellevar la mañana.

Una primera versión de este texto se publicó en Máspormás el 28 de noviembre de 2014.